Juventud sucreña: partida sin regreso 

13.07.2025

En cualquier esquina de Sucre se escuchan las mismas frases de siempre, pronunciadas con distintas voces: "Aquí no hay futuro", "Mejor me voy para Medellín", "Voy a buscar algo en Barranquilla, así sea vendiendo empanadas". Son frases dichas por jóvenes, muchas veces con un morral medio vacío y una esperanza medio rota.

¿Qué está pasando con nuestra juventud? ¿Por qué, siendo el motor de transformación de cualquier sociedad, aquí en Sucre parecen vivir como si fueran una carga?

Nos estamos acostumbrando a ver a nuestros jóvenes irse, a despedirlos en la terminal con una sonrisa y un nudo en la garganta, a observarlos conectarse por videollamada desde un cuarto compartido en otra ciudad mientras trabajan en oficios ajenos a sus sueños. Nos acostumbramos a no tenerlos.

Pero esto no es casualidad; es el reflejo de un modelo que fracasó en brindarles oportunidades reales. Aquí, en Sucre, ser joven es enfrentarse a un sistema educativo desvinculado de las necesidades del territorio, a una economía informal que se come la dignidad a mordiscos y a un Estado que, por más campañas y convocatorias, sigue viendo a la juventud como una estadística más en su PowerPoint.

Y, por si fuera poco, se acercan nuevamente las elecciones a los Consejos de Juventud, ese mecanismo que prometía ser una voz real de los jóvenes en los municipios, pero que hoy genera más apatía que ilusión. La mayoría ni siquiera sabe que se realizarán; otros, con escepticismo, prefieren no postularse ni participar: "¿Para qué? Eso no sirve pa' ná". Y lo más doloroso —para quienes lo vivimos en carne propia— es que a esos jóvenes no les falta razón. El problema no es que no existan espacios, sino que han sido vaciados de contenido, convertidos en vitrinas decorativas sin verdadero poder de decisión.

Hay jóvenes con títulos colgados en la sala de su casa limpiando mesas en Montería; otros, con talento para el arte, el deporte o la ciencia, pero sin recursos ni redes para mostrarse. También están los que se quedaron, los que aún creen que algo se puede hacer aquí, aunque cada día les cueste más defender esa esperanza.

Y no se trata solo de empleo. Se trata de sentido, de pertenencia, de proyecto de vida. Porque un joven sin oportunidades no solo se empobrece económicamente, sino también emocional y espiritualmente. Y eso es lo más grave: que estamos empobreciendo el alma colectiva de nuestro departamento.

Hace falta una revolución silenciosa que escuche la voz de esta generación; que apueste por una educación técnica y profesional con sentido territorial; que apoye el emprendimiento juvenil sin burocracia; que incentive la cultura y el deporte no como espectáculo, sino como estrategia de vida; que los incluya en las decisiones y no solo en los afiches; que devuelva el valor real a espacios como el Consejo de Juventud y los convierta en herramientas de cambio, no en adornos institucionales.

El futuro de Sucre no está en el gas, ni en el arroz, ni en los búfalos: está en la mente y el corazón de sus jóvenes. Pero si no hacemos nada, ese futuro se irá en bus, en avión o en chalupa… y no volverá.


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